Harry permaneció sentado al borde de la cama durante largos minutos. La habitación estaba en silencio, apenas rota por la respiración irregular de Ariana. Su cuerpo, exhausto, había cedido finalmente al cansancio.
Él no la tocó. No intentó despertarla. Simplemente la observó, la observó gran parte de la noche.
La luz tenue dibujaba sombras suaves sobre el rostro de Ariana. Dormida parecía distinta, más joven, más frágil, como si la fortaleza que mostraba despierta se replegara para sobrevivir.