Olivia quedó tirada sobre el pavimento frío, con la ropa arrugada, las rodillas raspadas y el mismo dolor humillante que nunca había conocido
.
La puerta del auto se cerró de golpe.
Las llantas se alejaron.
Leonardo no volteó.
Ni una sola vez.
Por primera vez, Olivia sintió que no tenía nada. Ni a quién manipular, ni mucho menos donde caer.
Se sentó lentamente en la acera, temblorosa, abrazándose los brazos. El viento de la noche le revolvía el cabello mientras un nudo de ira y lágrimas le cerraba la garganta.
—Maldito seas, Leonardo… —susurró entre dientes, limpiándose las lágrimas con torpeza—. ¡Todo era por ti!
Respiró hondo, tratando de calmar el impulso de gritar.
Entonces buscó desesperada su bolso, sacó el celular y marcó el único número que sabía que contestaría. Bueno, ese número al cual tenía conocimiento apenas unas semanas desde su alianza.
Sonó una vez.
Dos.
Tres.
Hasta que la voz de Emma respondió, suave, casi melodiosa.
—Querida… pensé que jamás volverías a comunicarte