Leonardo se quedó quieto frente al podio, las cámaras destellando como un enjambre de luces que lo devoraba. Su traje oscuro, impecable, contrastaba con la expresión agotada que ya no podía ocultar.
Respiró hondo y llevó la mirada hacia los periodistas, hacia los ministros, hacia toda esa multitud que durante años lo había aplaudido, temido, criticado… y que ahora lo observaba como si fuera un animal herido.
—Ciudadanos… —su voz salió ronca, quebrada—. Hoy comparezco ante ustedes no como presi