Leonardo se quedó quieto frente al podio, las cámaras destellando como un enjambre de luces que lo devoraba. Su traje oscuro, impecable, contrastaba con la expresión agotada que ya no podía ocultar.
Respiró hondo y llevó la mirada hacia los periodistas, hacia los ministros, hacia toda esa multitud que durante años lo había aplaudido, temido, criticado… y que ahora lo observaba como si fuera un animal herido.
—Ciudadanos… —su voz salió ronca, quebrada—. Hoy comparezco ante ustedes no como presidente, sino como un hombre que ha sido señalado injustamente. Las acusaciones en mi contra son falsas. Mi vida, mi gobierno y mi familia han sido objeto de una campaña de desprestigio. Sin embargo… —tragó saliva—, el país merece estabilidad. Merece un líder que no esté enfrentando esta tormenta.
Un murmullo recorrió la sala.
Leonardo apretó el podio.
—Por esa razón… Presento mi renuncia a la presidencia de la República, efectiva desde este momento.
Miles de flashes explotaron a la vez. Preguntas