Meses después
Pasaron los meses como una ráfaga que borraba ciudades, nombres y recuerdos.
El mundo cambió, pero para Ariana, todo se redujo a un solo latido: el de sus bebés.
El invierno había llegado con un silencio suave, casi compasivo. En la pequeña casa de campo donde vivía, el aroma a madera húmeda y té de manzanilla lo impregnaba todo. Ariana caminaba despacio por la sala, una mano en la espalda baja y la otra sobre el vientre pronunciado que se movía como si dos pequeñas vidas pelearan por más espacio.
Mónica, que acomodaba unas mantas, la miró con una sonrisa cálida.
—Debes estar tranquila —murmuró, dejando una mano sobre su hombro.
Ariana inhaló, lentamente, profundamente, tratando de controlar el dolor punzante que comenzaba a subir por su columna.
—Estoy tranquila —mintió, y su voz tembló un poco—. Solo… dile a Flor que dónde están las llaves del auto. Creo que ya…
No logró terminar la frase.
Otro dolor, más agudo, la obligó a doblarse ligeramente. El sobresalto de Mónic