Ariana apagó el televisor con un movimiento lento, como si sus manos no terminaban de obedecerle. La pantalla quedó negra, pero las palabras de Harry seguían retumbando en su mente como ecos venenosos.
Lo había dicho en cadena nacional.
Había destruido el nombre de Leonardo.
Y había destruido el suyo.
Una lágrima silenciosa bajó por su mejilla. No era solo tristeza. Era impotencia. Era rabia. Era miedo.
Respiró hondo, intentando mantener su pulso estable. Estaba sentada en el sofá del apartamento seguro en el que Ethan la había instalado desde que la sacó del hospital. Había pasado una semana allí, en ese limbo silencioso, sin poder salir, sin poder mirar por las ventanas sin sentir que alguien la observaba. Pero la decisión ya estaba tomada. No huiría más.
La puerta se abrió despacio.
Ethan entró con su expresión grave, la que solo usaba cuando realmente se preocupaba por ella.
—Bonita… —dijo con esa voz profunda y firme que siempre lograba anclarla a tierra—. ¿Estás lista?
Ariana le