Ariana apagó el televisor con un movimiento lento, como si sus manos no terminaban de obedecerle. La pantalla quedó negra, pero las palabras de Harry seguían retumbando en su mente como ecos venenosos.
Lo había dicho en cadena nacional.
Había destruido el nombre de Leonardo.
Y había destruido el suyo.
Una lágrima silenciosa bajó por su mejilla. No era solo tristeza. Era impotencia. Era rabia. Era miedo.
Respiró hondo, intentando mantener su pulso estable. Estaba sentada en el sofá del apartamen