Leonardo apenas llevaba minutos en la biblioteca cuando uno de los guardias golpeó la puerta, nervioso, casi sin aliento.
—Señor presidente… —la voz tembló—. La señora Ariana… acaba de llegar.
El corazón de Leonardo se detuvo un segundo.
Luego latió con tanta fuerza que sintió que podía atravesarle las costillas.
No esperó explicación.
No pensó.
Simplemente salió corriendo.
Atravesó el pasillo como un hombre al que por fin le devolvían el alma después de días de infierno.
Su respiración era du