Leonardo apenas llevaba minutos en la biblioteca cuando uno de los guardias golpeó la puerta, nervioso, casi sin aliento.
—Señor presidente… —la voz tembló—. La señora Ariana… acaba de llegar.
El corazón de Leonardo se detuvo un segundo.
Luego latió con tanta fuerza que sintió que podía atravesarle las costillas.
No esperó explicación.
No pensó.
Simplemente salió corriendo.
Atravesó el pasillo como un hombre al que por fin le devolvían el alma después de días de infierno.
Su respiración era dura, desesperada.
Sus pasos, rápidos, firmes, casi torpes.
Cuando llegó al recibidor, Ariana apenas estaba entrando a la sala.
Y él… él la vio.
Después de tantos días.
Después de tantas noches sin dormir.
Después de recorrer casi todo el país buscándola como un loco.
Su “Arianita”.
Su esposa.
La única mujer capaz de romperlo y volver a armarlo.
Ella estaba ahí.
Seria.
Fría.
Detenida como una estatua frente al enorme ventanal.
Él sintió cómo las piernas le flaqueaban.
—Ariana… —susurró primero, in