Emma mantuvo la barbilla alta, pero la mandíbula… la mandíbula le temblaba. Apenas por dentro. Por fuera, su rostro seguía siendo el de siempre: impecable, frío, indescifrable. No iba a darle el gusto de verla quebrarse. Jamás.
Harry, con la misma calma cruel de siempre, estiró la mano hacia la pared y encendió las luces del salón con un clic seco.
—Y bien —dijo, como si todo aquello fuera una reunión de negocios cualquiera.
Emma respiró hondo, tratando de controlar el impulso de saltarle al cu