Emma mantuvo la barbilla alta, pero la mandíbula… la mandíbula le temblaba. Apenas por dentro. Por fuera, su rostro seguía siendo el de siempre: impecable, frío, indescifrable. No iba a darle el gusto de verla quebrarse. Jamás.
Harry, con la misma calma cruel de siempre, estiró la mano hacia la pared y encendió las luces del salón con un clic seco.
—Y bien —dijo, como si todo aquello fuera una reunión de negocios cualquiera.
Emma respiró hondo, tratando de controlar el impulso de saltarle al cuello.
—Está bien —respondió finalmente, con un hilo de voz helado—. Me acercaré a Ariana. Y te daré toda la información que necesitas.
Una sonrisa, amplia y victoriosa, se extendió en el rostro de Harry. Disfrutaba demasiado de verla ceder.
—Qué bien que nos estemos entendiendo —dijo mientras se levantaba con deliberada tranquilidad—. Tu primer encuentro será mañana por la noche. Ah… y trae ropa elegante. Muy elegante.
Se acercó, tomó una tarjeta negra de una mesa lateral y se la extendió.
—Ve a