Mientras tanto, en las oficinas presidenciales Ethan aflojó la corbata con un gesto mecánico cuando sonó el teléfono sobre su escritorio. Al otro extremo de la línea, la voz de Felipe sonó contenida, profesional.
—Señor —dijo Felipe—, el testamento fue leído tal y como usted indicó.
Ethan sintió que el pulso le subía a la garganta. Cerró los ojos un segundo, como para recomponer algo que ni siquiera él sabía qué era.
—Muy bien —respondió con voz dura—. ¿Y Emma? ¿Qué pasó con esa… estúpida?
Hubo un silencio, un carraspeo apenas.
—Señor —contestó Felipe con cuidado—, ella se puso furiosa, perdió el control. Lo mejor es que la señorita Ariana estuvo presente.
Las palabras golpearon a Ethan con la precisión de una bala. Se puso de pie con brusquedad y la silla raspó el suelo.
—¿Estuvo ahí? —demandó, sin medir el tono.
—Sí, señor —continuó Felipe—. La señorita Ariana estuvo en la mansión Santillan. Pensé que había ido por el testamento.
Ethan dio un puñetazo sobre la mesa; los documentos