Mientras tanto, en las oficinas presidenciales Ethan aflojó la corbata con un gesto mecánico cuando sonó el teléfono sobre su escritorio. Al otro extremo de la línea, la voz de Felipe sonó contenida, profesional.
—Señor —dijo Felipe—, el testamento fue leído tal y como usted indicó.
Ethan sintió que el pulso le subía a la garganta. Cerró los ojos un segundo, como para recomponer algo que ni siquiera él sabía qué era.
—Muy bien —respondió con voz dura—. ¿Y Emma? ¿Qué pasó con esa… estúpida?
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