Leonardo seguía a Ariana en silencio, pero con una sonrisa ladeada, una que ella no veía, pero que él no se molestaba en ocultar.
Había algo en la manera en que ella caminaba delante de él, esa rigidez orgullosa en los hombros, esa forma tan suya de contener la respiración cuando estaba incómoda, que lo divertía más de lo que debería.
Tan pronto Ariana abrió la puerta de la habitación y entró, soltó la mano de Leonardo con un gesto tan rápido y natural como si la quemara. Leonardo arqueó una ceja, deteniéndose junto al marco, observándola con descaro.
—¿Tan rápido me sueltas? —preguntó él, con esa voz grave que parecía burlarse sin realmente hacerlo.
Ariana apretó los labios.
—Solo estaba ayudándote a subir —respondió, firme, casi fría—. No es necesario seguir tomados de la mano.
Leonardo ladeó la cabeza, aún sonriendo.
—Bien —dijo él despacio—. Entonces… continúe ayudándome.
Había algo en su tono que no era una orden, pero tampoco una petición. Era algo entre ambos. Algo que Ariana