La mansión Rosewood se sentía esa mañana como una entidad biológica, un organismo cuyas arterias eran túneles de servicio y cuyos ojos eran las cámaras de seguridad que Alexander vigilaba con celo casi religioso. Tras el hallazgo de la huella carbonizada en la cuna, la atmósfera de la casa había pasado de la paranoia al terror puro. Sin embargo, Alexander se negaba a abandonar la propiedad. "Es nuestra fortaleza", repetía él, aunque para Lauren cada vez se parecía más a un sarcófago de mármol.