El aire en la habitación principal de la mansión Rosewood se volvió espeso, cargado de una electricidad estática que erizaba el vello de la nuca de Lauren. El rasguño rítmico dentro del armario de roble continuaba, un sonido de uñas sobre madera que parecía marcar el pulso de su propio miedo. Con la pistola temblando en su mano derecha y el monitor del bebé zumbando en la izquierda, Lauren dio un paso hacia el mueble centenario.
—Sé que estás ahí —susurró, con la voz quebrada—. Sal de una vez.