El frío de las esposas se sentía como un recordatorio punzante de que en la dinastía Rosewood, el amor era solo el preludio de una condena. Lauren observaba desde el asiento trasero del coche patrulla cómo la figura de Alexander se desdibujaba bajo la lluvia torrencial. No habían sido arrestados juntos; el sistema, siempre eficiente en su crueldad, los había separado en el momento en que sus dedos rozaron el papel del contrato matrimonial.
Sin embargo, el destino guardaba un giro perverso. A mi