El humo aún se adhería a sus cabellos, un recordatorio persistente de que la mansión Rosewood se había convertido en un osario de recuerdos. Lauren permanecía de pie frente a Alexander, con el diamante azul brillando entre ellos como una burla de pureza. En su mano izquierda, oculta tras el pliegue de su falda manchada de ceniza, la fotografía quemaba más que las brasas que aún crujían a sus espaldas.
—¿Qué hiciste ayer por la tarde, Alexander? —repitió ella, su voz era un hilo de seda tensado