El olor del humo no llegó como una advertencia, sino como un verdugo. Empezó con un sutil aroma a madera quemada que Lauren, en su habitación del ala oeste, confundió con la chimenea. Pero cuando el aire se volvió denso, amargo y cargado de partículas negras que hacían arder los pulmones, supo que el pasado había venido a reclamar su deuda.
Las glicinias del balcón, esas mismas que la habían ayudado a escapar una vez, ahora eran teas ardientes que lamían los ventanales. El fuego no era accident