El regreso a la mansión Rosewood no fue la procesión de sanación que Alexander había imaginado. Para Lauren, cada paso por el vestíbulo de mármol se sentía como caminar sobre las cenizas de su propia vida. El peso del documento que Malcom le había entregado en el hospital —aquella firma de Alexander que sentenció a sus padres— ardía contra su piel, escondido bajo el vendaje de su hombro.
Alexander, sin embargo, estaba transfigurado. Había una luz febril en sus ojos, una devoción que bordeaba la