El eco de las palabras de Alexander en el ático aún vibraba en las paredes cuando Lauren fue escoltada de regreso a su habitación. Pero no era la misma estancia de antes; ahora se sentía como una celda de cristal donde cada movimiento era registrado por las cámaras que acababa de descubrir. El arma que Alexander le había entregado pesaba en el cajón de la mesilla como un reproche de hierro. Fuera, la tormenta arreciaba, y con ella, la llegada inminente de la verdadera Rebecca.
Incapaz de dormir