El estruendo del disparo dentro del ático fue tan ensordecedor que el aire pareció romperse en mil pedazos. El olor a pólvora, metálico y acre, inundó instantáneamente el espacio confinado, mezclándose con el polvo centenario que ahora bailaba frenéticamente bajo el resplandor de los monitores de vigilancia.
Lauren cerró los ojos, esperando el impacto, esperando sentir el vacío de la caída o el dolor de la bala. Pero el grito que desgarró la noche no fue el de Malcom, ni el suyo.
Al abrir los o