La mansión de la madre de los Rosewood, una propiedad de estilo gótico situada en las afueras de la ciudad, se alzaba entre la bruma como un mausoleo dedicado a un pasado que se negaba a morir. Alexander conducía en un silencio sepulcral, con las manos apretadas al volante de cuero hasta que sus nudillos perdían el color. Lauren, a su lado, sentía el peso del vendaje en su hombro y el vacío del microchip destruido en su mente.
—Mi madre no ha tenido un buen mes —dijo Alexander de repente, rompi