El aire en la clínica privada se había vuelto sólido, una masa de oxígeno viciado que quemaba al entrar en los pulmones. La mano de Alexander seguía cerrándose sobre el mentón de Lauren, una prensa de carne y hueso que le obligaba a sostener una mirada donde solo quedaba el deseo de destruirla.
—¡Contesta! —rugió él, y el eco de su voz golpeó las bandejas de acero inoxidable, haciéndolas tintinear—. ¿Quién eres?
Lauren sentía que el suelo desaparecía. El pánico era una ola fría que subía desde