—¡Daniel! —grité y fue entonces que Anuar también lo vio—. Alguien tiene que ayudarlo.
Pero Anuar aún así me llevó hasta el interior.
Lo siguiente que vi fue a la gente entrar corriendo y nos tuvimos que apartar para evitar la estampida.
Mi respiración agitada, mi pulso a mil por hora y la duda que me carcomía de si Daniel estaría bien apenas me permitían pensar con claridad. Apenas estaba recuperándome de la sorpresa, cuando Anuar se quejó y grité ante la visión roja en su camisa.
El pánico me