Abigail volvió a la realidad, encendió el auto y salió de ese lugar.
Denver la observaba desde la ventana de su habitación, conservaba un poco de esperanza, ni siquiera sabía por qué, en el fondo, esperaba que ella subiera a esa habitación.
«¿Qué esperaba? Que viniera y dijera que se arrepiente de todo, que me rogara por una oportunidad, que confesara que siempre me amó a mí. ¡Qué idiota soy! Tengo prohibido amarte otra vez, Abigail, esto será así por siempre», pensó con rabia.
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Mandy es