Mandy empujó la puerta, se adentraron en la habitación, escuchó que él cerró la puerta.
El beso era exigente, ambicioso y pasional. Sus pieles se erizaron, era como si se reconocieran.
Cayeron en la cama, no pudieron evitarlo.
Detuvieron el beso, él estaba encima de ella, sus ojos se encontraron, ambas pupilas brillaban cegadas por el deseo.
Se alejaron, él se levantó, lanzó un suspiro. La cordura parecía volver a sus cabezas.
Ella respiró.
«¿Qué estoy haciendo?», pensó.
Pero, sintió cómo