23° Lo que esconden las sombras.
Con la típica excusa de mi abuelo, escapé rápidamente de la casa Montenegro y me dirigí hacia mi empresa, una oficina enorme en el centro de la ciudad. Mi equipo estaba reunido con Raúl. En el momento en el que entré, el hombre se puso de pie y me dio un fuerte abrazo.
— ¿Estás bien? — me preguntó.
Yo asentí.
— Claro que estoy bien. ¿Por qué no estaría bien?
Era como si el hombre hubiera presentido lo que había pasado entre Mauricio y yo la noche anterior. Así que le aparté la mirada incómod