128° El amanecer que no trae calma.
La mañana llegó extraña y perturbadora. Intenté conciliar el sueño en lo que quedaba de la madrugada y, aunque lo logré a medias, sentía en el fondo como si las pesadillas intentaran regresar. Así que desperté sobresaltada un par de veces, hasta que al fin el sol comenzó a salir por el horizonte. Me senté en el borde de la cama, apretándome los ojos, hasta que de repente la mano cálida y grande de Mauricio comenzó a deslizarse por mi espalda.
Volteé a mirarlo y lo observé detalladamente: su cab