No volví a entrar a la biblioteca después de que Günter se fue.
Me quedé un rato en el pasillo, inmóvil, como si el aire de su presencia aún flotara en el ambiente. El aroma de su colonia seguía ahí, suspendido. No era solo una fragancia: era una memoria. De algo que ya no existía.
Caminé de regreso al invernadero. El sol ya no caía con la misma fuerza, pero seguía calentando los cristales. Abrí el libro otra vez, aunque seguía sin poder leer. Las palabras bailaban frente a mis ojos, ajenas. Di