La calle estaba gris. Silenciosa.
Berlín tenía esa forma de envolverte en su melancolía sin ser cruel. No era hostil. Solo... honesto. Como si supiera que había que tocar fondo para volver a subir.
No sabía hacia dónde caminaba.
Llevaba la valija en una mano, el teléfono apagado en la otra, y el alma... el alma hecha jirones.
Me detuve en una esquina, sin saber si debía seguir o sentarme en la vereda y dejar que el mundo siguiera sin mí. Y fue entonces cuando vi a Günter.
Estaba ahí. Parado del