Estábamos en una librería-cafetería en el Upper West Side. Uno de esos lugares tranquilos, con sillones desparejados, aroma a canela y páginas viejas, donde el mundo parecía detenerse.
Alana hojeaba un libro de música antigua mientras yo revisaba unos apuntes en mi cuaderno. Afuera, el cielo estaba cubierto. Había amenaza de lluvia, pero dentro todo era calma.
—¿Sabes qué pensé? —dijo Alana, sin levantar la vista del libro—. Que deberíamos ir al teatro alguna noche. Algo liviano. Una comedia.
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