La cafetería estaba casi vacía. Ventanales amplios, luces tenues, y un murmullo de fondo compuesto por cucharillas, vapor y voces bajas. Elegimos una mesa en el rincón, junto a una estantería con libros usados que daban al lugar un aire de refugio.
Cassian pidió un espresso doble. Yo, un té de jazmín con leche. El camarero dejó nuestras tazas sin decir nada y se marchó con la misma suavidad con la que había llegado.
Por unos segundos solo hubo eso. La porcelana caliente entre las manos. El silen