Volvimos a Italia y llegamos a Civita di Bagnoregio una tarde en la que el cielo parecía derretirse sobre las colinas. Era uno de esos lugares que uno ni siquiera sabe que existen hasta que alguien te lleva de la mano y te dice: "Confía."
El pueblo parecía suspendido en el tiempo, encaramado sobre una colina de piedra y rodeado de niebla como si flotara. No había autos. No había ruido. Solo el sonido de nuestras pisadas en el puente estrecho que lo conectaba con el mundo.
—Esto es como estar de