Cuando volví a mi escritorio después de aquella reunión, sentí que el mundo se había salido de eje. No solo por la presencia de Günter, que me había sacudido más de lo que quería admitir, sino por la forma en la que Cassian me ignoró. No fue desdén. Fue borrarme. Y eso… eso era mucho peor.
Alana me encontró en la cocina de la oficina diez minutos después. Yo tenía los nudillos blancos de apretar la taza de café. No sabía si iba a llorar, gritar o estallar en pedazos. Ella lo notó al instante.
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