Esa noche, volví al hotel. Quería silencio. Quería no pensar. Pero claro, eso era imposible.
Dejé el teléfono apagado sobre la mesa. Me duché sin prisa. Me até el pelo en un rodete y me envolví en una toalla como si pudiera protegerme del mundo.
Estaba por meterme en la cama cuando golpearon la puerta.
Fuerte. Insistente. Como si quien estuviera del otro lado no pensara irse.
Me quedé quieta unos segundos. Esperando que se fuera. Pero no se fue.
Golpeó otra vez.
—Olivia. Sé que estás ahí —la vo