Nos quedamos así, abrazados en medio de la sala, dejando que el tiempo se diluyera solo en nuestro pequeño universo. Por primera vez en semanas, sentí que podía respirar sin ese peso aplastante en el pecho.
Cassian me tomó de la mano y me llevó a la cocina, donde dejó las rosas que había puesto en la mesa. Las rosas rosadas, perfectas, delicadas, eran el símbolo tangible de su disculpa y de su deseo de reconstruirnos.
—Quiero que cada día sea un paso —me dijo mientras acariciaba mi mejilla—. No