La noche se volvió espesa y lenta, como el último trago de un buen vino. Juliette fue la primera en decir que se tenía que ir. Alex se ofreció a acompañarla. Alana se estiró como un gato satisfecho y murmuró que pediría un taxi, lanzándome una mirada cargada de intenciones que Cassian, por suerte, ignoró.
—¿Nos vamos? —me preguntó él, mientras tomaba mi abrigo del respaldo de la silla.
Asentí. Afuera, el aire tenía ese frescor que despeja la cabeza, pero no alcanzaba a disipar el nudo en mi pec