El sonido del viento contra las ventanas me despertó antes del amanecer. Abrí los ojos y durante un instante no supe dónde estaba. Luego recordé: la habitación, la casa, Günter respirando al otro lado de la cama.
Me quedé inmóvil, mirando el techo en la penumbra. No quería moverme, no todavía. Había algo en esa quietud, en ese minuto suspendido entre la noche y el día, que me resultaba extrañamente seguro.
Pero el corazón… el corazón aún pesaba.
Me levanté sin hacer ruido, descalza, sintiendo el