Cuando escuché la puerta cerrarse tras él, el silencio que quedó fue tan brutal que casi me tumbó al suelo. Me agarré al borde de la mesa para no caer, temblando de pies a cabeza. Las lágrimas seguían corriendo, pero ya no las sentía. Era como si mi cuerpo llorara por inercia, como si hubiera aprendido a hacerlo incluso cuando yo ya no estaba presente.
Me dejé caer al suelo, las rodillas contra el pecho, la frente apoyada en el frío mármol.
Y entonces, sin querer, las imágenes vinieron. Como un