Paula abrió la puerta sin disimular la sorpresa.
Primero lo vio a él.
Después me vio a mí.
Y por un segundo, su expresión se quebró antes de recomponerse.
—Hola… —dijo, forzando una sonrisa—. Qué inesperado.
No respondí y Günter tampoco.
Solo la miró fijo, como si ya no le quedaran ganas de rodeos.
—Necesito hablar contigo —dijo él, sin una pizca de cordialidad—. Y quiero que seas sincera.
Paula asintió con una rigidez casi teatral. Se hizo a un lado y nos dejó pasar.
Entramos.
La casa estaba i