No dormí. O si lo hice, fue por lapsos breves, interrumpidos por imágenes que no quería ver y frases que no quería recordar.
Me desperté varias veces con el corazón acelerado, como si en sueños hubiera seguido intentando entender cómo llegamos hasta acá.
A las siete de la mañana, ya estaba vestida. No sabía qué pensaba hacer, ni adónde ir.
Solo sabía que no podía quedarme sentada esperando que el dolor se sedimentara.
Tomé el teléfono. Dudé. Pero finalmente, escribí:
“¿Estás despierto?”
Günte