Cerré la puerta de mi habitación y me apoyé en ella, respirando agitadamente. Las lágrimas seguían cayendo, pero ya no era solo dolor. Era algo más profundo, más oscuro. Algo que me apretaba el pecho desde dentro, como si un puño invisible intentara arrancarme el corazón.
Me deslicé por la puerta hasta sentarme en el suelo. Me abracé las rodillas. Intenté respirar. Inhalar. Exhalar. Pero el aire no entraba. O al menos no lo suficiente. Cada bocanada era como tragar espinas.
«Tranquila, tranquila