Desayunamos tarde, casi al mediodía. Él preparó café; yo tostadas. No hubo muchas palabras, pero tampoco hicieron falta. Cada movimiento era una coreografía conocida: pasarnos la mantequilla, llenar las tazas, compartir el tarro de mermelada. Como si, por unas horas, hubiéramos recuperado una versión más simple de nosotros mismos.
Después nos sentamos en el balcón, con las piernas estiradas sobre la barandilla, el sol tímido acariciándonos los pies..
—¿Qué pasa por tu cabeza? —pregunté, mirándo