Fui yo quien lo empujó hacia atrás en el sofá, quien tomó el control con manos temblorosas pero seguras, riéndome al quitarle la camisa como si el mundo nos perteneciera. Me dejé llevar, lo guie con cada caricia, con cada beso que marcaba territorio y promesa. Él me siguió, entregado.
Cuando todo terminó, cuando nuestros cuerpos se calmaron y el silencio volvió a caer como una manta sobre la piel, Cassian me acarició el cabello y dijo, riendo:
—Deberías emborracharte todos los días.
Reímos los