La noche cayó despacio, como si el mundo también necesitara una pausa. La ciudad sonaba lejana desde las ventanas del ático, amortiguada por el silencio cómodo que compartíamos. Habíamos cenado juntos, como antes, pero esta vez sin trabajo en la mesa ni palabras contenidas entre los platos. Solo él, yo, y esa calma tenue que a veces llega después de la tormenta.
Me acomodé en el sofá, con las piernas sobre su regazo. Cassian me acariciaba los tobillos distraídamente mientras fingíamos mirar una