A eso de la una, Alex se acercó a mi escritorio, con su sonrisa de costumbre, aunque esta vez algo forzada.
—¿Vas a almorzar o piensas seguir fingiendo que el café es comida?
Levanté la vista y asentí. No tenía hambre, pero tampoco tenía ganas de quedarme sola.
—Vamos —dijo—. Alana ya bajó y apartó mesa.
Nos fuimos los tres a una cafetería cerca de la oficina, de esas que venden ensaladas caras y wraps con nombres en francés. Nos sentamos en una mesa de la esquina, junto a la ventana, y apenas