El aire dentro del almacén parecía más pesado a cada segundo que pasaba.
Diana sentía que incluso respirar era difícil, como si el entorno mismo estuviera en su contra, como si cada rincón de ese lugar quisiera recordarle que ya no tenía control de nada, que su vida, tal como la conocía, había quedado atrás en el instante en que escuchó aquellas palabras que aún resonaban en su mente con una crueldad insoportable.
“He matado a tu esposo.”
El eco de esa frase no desaparecía.
No se desvanecía.
Se