La mañana llegó envuelta en una suave luz dorada.
Las enormes ventanas de la residencia permitían que los primeros rayos del sol iluminaran cada rincón de la habitación.
Todo parecía tranquilo.
En paz.
Como si el mundo entero hubiera decidido detenerse para contemplar aquel momento.
Jeremy Ambrosetti abrió lentamente los ojos.
Por unos segundos permaneció inmóvil.
Observando.
Memorizando.
Agradeciendo.
Porque frente a él se encontraba la escena más hermosa que había visto en toda su vida.
Diana