La mañana comenzó con una catástrofe.
Al menos así la definió Jeremy Ambrosetti.
—¿Dónde está?
La pregunta resonó por toda la residencia.
Un guardaespaldas levantó la cabeza.
Una empleada se detuvo en medio del pasillo.
Incluso Evans, que acababa de llegar para entregar unos documentos habia viajado desde Londres hasta Luxemburgo, levantó una ceja.
Porque Jeremy Ambrosetti rara vez parecía preocupado.
Y cuando se preocupaba, generalmente significaba que algo importante estaba ocurriendo.
—¿Qué