La noche ya había caído por completo.
Las luces de la ciudad brillaban a lo lejos mientras el silencio dominaba el interior de la elegante residencia donde se hospedaba Leopolda.
La mujer estaba sentada en el amplio salón privado que había tomado como despacho temporal. Frente a ella había una mesa de madera oscura cubierta de documentos, una lámpara de luz cálida y una copa de vino tinto que apenas había probado.
Leopolda Ambrosetti era una mujer acostumbrada al control.
A lo largo de los