El consultorio del médico era demasiado blanco.
No el blanco limpio y tranquilizador que uno esperaría de un lugar de sanación, sino un blanco frío, casi agresivo, que parecía absorber cualquier emoción antes de que pudiera asentarse.
Diana estaba sentada en la camilla, con las manos entrelazadas con fuerza sobre su regazo. Sus dedos estaban tensos, pálidos por la presión. Intentaba controlar su respiración, pero el nerviosismo le apretaba el pecho con cada segundo que pasaba.
Nathaniel estaba