El jardín respiraba en silencio, como si también él estuviera conteniendo el aliento. La noche había caído con una suavidad engañosa, y el aire tibio llevaba consigo el perfume de la tierra húmeda y de las flores que solo se abrían cuando nadie miraba. Las luciérnagas comenzaban su desfile lento, pequeñas luces errantes que parecían coser el cielo oscuro con hilos dorados.
Diana estaba frente a Jeremy, demasiado cerca para fingir indiferencia, demasiado lejos para tocarlo sin consecuencias. Él