Diana despertó con un jadeo ahogado.
El frío la golpeó antes que la conciencia.
El agua helada le empapó el rostro, el pecho, las sábanas, arrancándola de golpe del sueño. Se incorporó con un grito ahogado, el corazón desbocado, el cuerpo temblando, sin entender durante un segundo dónde estaba… hasta que vio los ojos que la observaban con desprecio.
Leopolda.
De pie junto a la cama, erguida como una reina antigua, sostenía aún el vaso vacío entre los dedos enguantados. No había sorpresa en su r