La tarde caía lentamente.
La luz dorada del atardecer se filtraba por las ventanas.
Baño de calidez.
De tranquilidad.
Diana estaba sentada en el sofá.
Aún con el teléfono en la mano.
Pero ya no estaba pensando en trabajo.
No en Nathaniel.
No en los problemas.
No en el peligro.
No.
Su mente estaba en otro lugar.
En una isla.
En el mar.
En Jeremy.
Sus labios se curvaron suavemente.
Y sin darse cuenta…
Se llevó la mano al pecho.
Porque su corazón…
Seguía latiendo con fuerza.
—Esa cara…
La voz de E